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Hay una expresión en inglés para referirse a los temas ante los que uno preferiría estar ciego. Es el “elephant in the room”, es decir; el elefante en la habitación. Algo tan obvio para los que están alrededor que evitar hablar de ello resulta ridículo. Ignorar el elefante en la habitación es de ciegos que no quieren ver o cobardes. Y en la política navarra, ese elefante es la identidad cultural y territorial. Nada me gustaría más que poder empezar la legislatura hablando de las preocupaciones que unen a todos los navarros, del empleo, la vivienda, o el crecimiento económico. Pero el elefante seguiría ahí.

Prueba de ello es que el día en que Joseba Asiron (EH-Bildu) fue investido como alcalde de Pamplona, preguntados por los cambios que esperan, algunos de los simpatizantes que celebraban el cambio en la Plaza del Ayuntamiento priorizaran la Ley de Símbolos y la posibilidad de que la ikurriña vuelva a ondear en Pamplona (minuto 0:50 de este vídeo). O que los que menos simpatizan estén centrando sus ataques contra los nuevos gobiernos en el mismo tema. O que el mismo día de las elecciones, poco después de que se anunciaran los resultados, una de las primeras bromas circulando por Whatsapp fuera esta (en referencia a la ikurriña gigante que retrasó el lanzamiento del chupinazo en 2013):

Chupinazo 2015

El debate está caldeado, pero en lo que se refiere a gestos reales, lo único que tenemos de momento (además de las promesas en los programas y el bagaje de cada uno, que son sin duda importantes), son palabras conciliadoras. En su discurso de investidura, Asiron declaró su ansia por derribar los muros que se han levantado para separar a los pamploneses. Uxue Barkos (Geroa Bai), futura Presidenta de Navarra, también ha dicho que el hecho de que ella sea abertzale no significa que Navarra lo sea, y que su gobierno respetará todas las sensibilidades de la comunidad. Ambos han sugerido que el debate identitario no es la prioridad. Es un reconocimiento de la pluralidad navarra que nunca se dio con comodidad por parte de UPN, que centró su campaña electoral en la idea de que había que defender la identidad navarra (un concepto al que denominaron “navarrísimo”) “con todas sus fuerzas”. Nunca aclararon contra quién había que desarrollar esa defensa. ¿Se intuye que contra una parte de su propia ciudadanía?

Lo que espero de los nuevos abertzales navarros no es un intercambio de roles con UPN en el que los nacionalistas empiecen a excluir a los demás, sino una recuperación del respeto que se había perdido hacia un 20 o 30% de la población navarra. Quiero creer que aunque en oposición partidos como Geroa Bai se hayan centrado en representar los intereses de sus votantes vasquistas, una vez en el gobierno puedan representar a todos con mayor sensibilidad de la que tuvo UPN. Vistos los pitidos con los que algunos despidieron al ex-alcalde Maya a su salida del Ayuntamiento el sábado, parece que muchos tienen que aprender a ganar y dejar atrás maneras que sólo corresponden a quien está reprimido, y no en el gobierno. Por esas formas y con el fantasma de ETA aún en nuestras mentes, a muchos les cuesta creer, y puede que con razón, que precisamente puedan llegar a ser los abertzales los que traigan la sensibilidad a la forma de debatir en Navarra, pero se nos olvida que quizá (y sólo quizá, no lo sé) sea el peso de ese pasado sobre sus hombros el que les lleve a actuar con más prudencia de la que tiene el que se cree dueño exclusivo de lo moral.

Reabrir el debate sobre la Ley de Símbolos o la Ley Foral del Vascuence les parece innecesario y radical a muchos. Es el elefante que preferiríamos ignorar. Pero además de que seguiría en la habitación, cabe recordar que esas leyes también sustituyeron a unas anteriores, y que la aprobación de las actuales llegó de forma unilateral, sin consenso y con mucha polémica en la calle. Cuando eso ocurre, a pesar de que muchos se hayan acomodado al nuevo estatus quo como si este fuera lo natural, es inevitable que se incorporen al debate los que anteriormente se sintieron excluidos. De cambiarse las leyes, el gobierno cuatripartito de Navarra no podría evitar ni el debate ni la necesidad de acuerdos plurales. Por no hablar de que, por ejemplo, facilitar la enseñanza en euskera tampoco significa obstaculizar el aprendizaje en castellano (como sí hizo UPN con el euskera). En definitiva, sin que sea prioritario, reconocer que hay un elefante en Navarra y domarlo a través de un debate plural y calmado es de lo mejor que podría pasar en esta legislatura.

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