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O cómo se sufre sin poder entrar a un estadio

Disfrutar de un concierto desde fuera de un estadio puede tener sentido. Seguir un partido de fútbol desde los aledaños, no lo tiene. Ni un poquito.

 Es como estar en el limbo de los hinchas. Cuando se está dentro, se vive el partido con la mayor inmediatez posible. En la televisión, con algo de retraso, pero con la misma emoción. Pero, estar a las afueras del estadio es estar en tierra de nadie, ni aquí ni allá.

 Uyyy, ayyy, goool. El minuto a minuto llega a través de chillos y onomatopeyas en el más riguroso de los directos. Pero para cuando la imagen llega a la tele de El Txoko del Sadar, uno ya lleva treinta segundos esperando ver a qué se debía el último uyyy.

 Es decir, en el limbo no hay más que confusión. Y almas perdidas. Niños a los que no les llegaba la paga para la entrada, acosadores de la reventa y señoras como Amelia, que este martes se asomaba de la mano de su bastón y una joven latinoamericana a una de las puertas del Reyno de Navarra. Rojilla incondicional.

 Los niños, los acosadores y Amelia podían también sentirse en una de las más típicas escenas de pelis de guerra. Esa en la que los soldados caminan agazapados entre las montañas cuando el enemigo empieza a disparar. Pero, ¡oh! El eco de las montañas impide saber de dónde vienen los tiros.

 Y es que en el antiguo Sadar, el sonido rebota tanto en las casas de alrededor, que uno al final no sabe de dónde viene cada cosa, si los que aplauden son los vecinos o los Indar Gorri. Desconcertante.

 Aún más cuando el partido, como el martes, se juega contra la Real. Porque entonces, además de todas la confusión anterior, uno se encuentra con la peculiaridad de no saber si el que tiene al lado es amigo o enemigo.

 Y es que cuando juegan dos ciudades hermanas, hay tantos aficionados de uno y otro color, y están tan entremezclados, que la confusión abunda por doquier.

 Sentado en el Txoko del Sadar, un rojillo se quejaba a las quinceañeras que no le dejaban disfrutar tranquilo: “A ver, formalitas eh, ñoñostiarras”.

 A lo que una de ellas respondió indignada: “¿Ñoñostiarra yo?”. Aunque la duda era razonable. Minutos antes, su amiga había salido del bar con un vaso de cerveza y ella, indignada como con el señor, le había preguntado que cómo es que había pedido una caña. “No, es una Heineken en vaso”. “Ah, entonces vale”. Ñoñostiarras. O visto que no, efectos de la globalización y el intercambio cultural.

 Pero pese a todo, hay algo por lo que quizá merezca la pena, un poquito, vivir el partido desde fuera. Por ese momento de gloria en el que la espera se ve recompensada y al fin, se pasa del limbo al cielo. Es decir, cuando abren las puertas del estadio cinco minutos antes del final. Porque entonces, uno tiene la oportunidad de concentrar toda la emoción futbolística de los 90 minutos en 5. Y sobre todo, porque sale arropado por el entusiasmo de la masa, como un testigo más y saboreando la miel de un 3 a 1.

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