Home

Olía a mierda, sabía a mierda y parecía mierda. Pero en aquel momento, a nadie le importaba mucho. No porque hicieran un esfuerzo exagerado para obviar el tacto y el olor del túnel por el que caminaban. Sino más bien, porque ni siquiera se daban cuenta. Iban a lo que iban. A fugarse.

Era el 5 de abril de 1976 y una veintena de presos políticos de la cárcel de Segovia se arrastraban por el conducto de aguas fecales de la prisión. Entre ellos estaba Bixente Serrano Izko, condenado a 42 años y 6 meses de cárcel por su pertenencia a ETA y la implicación en el secuestro del empresario navarro Felipe Huarte.

“Cuando nos fugamos, debía de llevar unos dos años en la cárcel”, dice. “Bueno, en las cárceles. Porque primero pasé por Martutene, después por Soria… Hasta acabar en Segovia”.

Aquella era una cárcel de alta seguridad. De esas donde metían a los presos políticos. “Y precisamente por esa naturaleza de los presos, conseguimos que las condiciones fueran bastante buenas”, explica Bixente. “Nos reuníamos constantemente, organizábamos asambleas, debatíamos, negociábamos nuestras condiciones con los funcionarios… Teníamos un día a día bastante normal”, comenta.

Bixente sacude entonces la ceniza de su cigarro y sonríe. Cuando lo hace, las arrugas de su frente cobran vida y, tras sus gafas sin montura, se le entrecierran los ojos. Son de ese azul verdoso que se desgasta con los años. Color hoja seca.

“Había uno, estudiante de medicina, que ayudaba al médico Gaona con sus tareas”, explica. Pero el doctor solía dejar la prisión por las tardes y los fines de semana. Y cuando el botiquín quedaba sin vigilancia, el joven preso lograba colarse. “Cogía una botella de alcohol, de ese para curar heridas, puro 100%… Y nos lo traía”, cuenta Bixente riendo. “De la comida, nosotros guardábamos las latas de Coca-Cola, así que con eso y dos gotitas del alcohol… ¡Menudos cubalibres!”.

Pero aquellas fiestas improvisadas pararon cuando comenzaron a estabilizarse los planes de fuga. “Siempre los había habido, en todas las cárceles”, cuenta Bixente. Y para los que las planeaban, no se trataba sólo de libertad, sino de enviar un mensaje reivindicativo. La lucha de la época no se llevaba a cabo sólo a través de las armas, sino con la ayuda de los discursos teóricos, debates ideológicos y demás herramientas intelectuales. “Y en esa lucha política, los presos seguíamos siendo útiles y activos desde las cárceles”, dice Bixente. “Fugarse era casi una obligación. El poder tenía que recluirnos. Nosotros teníamos que marcharnos”.

Los planes comenzaron con la búsqueda de un lugar donde empezar a cavar. Enseguida se optó por un cuarto, cercano a las duchas, que los funcionarios habían cegado por motivo de unas obras. Se organizaron comisiones para repartir las tareas y los presos continuaron con sus vidas con la mayor normalidad posible. Hablaron de no mostrar signos de alegría, y se preocuparon por que las cartas que enviaran al exterior parecieran especialmente pesimistas.

Entretanto, afuera se había empezado a gestar la separación entre ETA pm y militar. La información llegaba a la prisión a través de los abogados, y en el caso de Bixente, más que otra cosa, lo que le llegó fue desinformación. “Yo lo pasé muy mal. Pasé dos meses con muchas dudas, y luego entendí que esas dudas me las habían metido manipulando lo que me decían”, explica. Aquello, como el túnel, apestaba. Mientras la mayoría de sus compañeros ya se habían alineado en una u otra facción, Bixente pasó su tiempo elaborando un larguísimo documento en el que reflexionaba sobre sus principios y el contexto cambiante. “La democracia estaba cerca. En ese momento había que plantearse qué iba a pasar con nosotros, y era de sentido común pensar que si las circunstancias cambiaban, nuestro esfuerzo tendría que centrarse en la política”, explica. Por eso, Bixente, como la mayoría de los de Segovia, se alineó con ETA político militar. Y por eso, después de la amnistía del 77, se sumó a las filas de Euskadiko Ezkerra como secretario general en Navarra.

Sólo dejó la política cuando el partido pasó a formar parte del PSE de la mano de Mario Onaindía, y según Bixente, perdió la esencia con la que había nacido. “Yo pensaba retirarme por completo y dedicarme a lo que siempre ha sido lo mío: la cultura. Escribir, ser profesor… Pero entonces me llamaron de Auzolan”. Auzolan era un partido que se creó para mantener la línea original de Euskadiko Ezkerra, y llamaron a Bixente para la organización del partido en Navarra. “Dije que sí, pero como siempre, sin grandes aspiraciones, más allá de darles números. Siempre he participado de una forma en la que no pudiera salir en las listas”, explica. Bixente da por acabada su etapa en la política en ese momento, aunque en las elecciones generales de 2004 y 2008 apareció en las listas de Nafarroa Bai al Senado de España. “Nuevamente, era una forma de dar apoyo, pero sin posibilidad real de tener el cargo”, dice. Porque a Bixente le gusta la política, pero lo suyo es analizarla y reflexionarla; como él dice, lo suyo es la cultura. Por eso, hoy en día es profesor de Historia de Navarra en un instituto público de Pamplona. Y por eso también ha escrito ya cuatro libros.

Del momento en el que eligió quedarse entre los polimilis, allá por el 75, Bixente dice que en la cárcel “quedaron unos pocos troskos, y otros menos milis”. El poder en Segovia se lo quedaron los pm, “pero la relación entre todos siguió siendo buena. Discutíamos en las asambleas, pero en lo personal seguimos con normalidad, y el plan de la fuga siguió adelante”, dice.

Para que los guardias de la prisión no se enteraran de ese plan en las conversaciones, los presos empezaron a hablar en clave. Hacía poco se había creado un taller de confección en el que los ponchos eran la prenda más habitual, así que, la fuga pasó de ser “la fuga” a ser… “El poncho”.

Pero más grave que el problema del vocabulario era el problema del ruido. “¡Cling!”, “¡clang!”, “¡clung!”. Era el bullicio de “Traktora”, que se encargaba de cavar el túnel que llevaría del cuarto ciego a un canal subterráneo que llevaba al exterior. Para silenciarlos, se encargó a todos que montaran el mayor escándalo posible. Dicho y hecho. Cortaban madera en la leñería, montaban broncas espontáneas o jugaban a deportes. “¡Cling!”, “¡clang!”, “¡pum!”, “¡gool!”.

Poco antes de que Traktora encontrara el canal, informaron al exterior de los planes de fuga para que ETA les ayudara con la ropa, la documentación falsa y las armas que necesitarían a la salida. Un comando dirigido por Miren Amilibia se encargaba de la operación, pero algo falló. Y “el poncho” se descubrió.

Mikel Lejarza “Lobo”, el agente del servicio de inteligencia español que se infiltró en ETA, logró que se descabezara la cúpula de ETA político-militar en Madrid y Barcelona, y como consecuencia, se abortó el plan de fuga.

“Dudábamos si sabrían de lo nuestro o no, mantuvimos la idea de una fuga hasta el final. Pero intuíamos que aunque no hubieran cerrado el zulo, nos podían estar esperando fuera… Por eso era suicida; si salíamos nos podían hacer cualquier cosa”, dice Bixente.

Así pues, la fuga se canceló. Los funcionarios tardaron en encontrar el cuarto ciego, pero mientras lo buscaban, las condiciones se endurecieron. Recluyeron a todos en sus celdas y enviaron a algunos reclusos a Puerto de Santa María. Aquello coincidió con la condena a muerte de Txiki y Otaegi, por lo que Segovia inició una huelga de hambre en la que la atención médica tampoco fue la habitual.

Se mantenía el debate sobre la conveniencia de mantener la fuga. Los rumores sobre la muerte de Franco eran constantes y parecía que el cambio llegaba. Pero se mantenían situaciones como la condena a muerte de Txiki y Otaegi. “Enseguida empezamos a buscar un nuevo punto por el que salir”, explica Bixente. Y en este segundo intento, se trató de la taza del baño de una de las celdas de su galería. Entre cucharas de metal y las herramientas que robaban de las obras de la prisión, quitaron la taza y comenzaron un nuevo agujero para dar con el canal.

Bixente apenas participaba en la excavación. Es pequeño y delgado y su papel siempre fue más bien intelectual. En la cárcel dedicó su tiempo a escribir sobre la fuga e ingeniárselas para enviar los documentos al exterior, y además, teniendo todo el tiempo libre del mundo, aprendió euskera.

 “Había nacido en una familia castellanoparlante, con once hermanos, donde no había tiempo para la política”, cuenta Bixente. Vivió sus primeros años en Sarasa, Navarra, y pronto ingresó en el seminario de Pamplona, “no por una vocación religiosa, sino porque quería formarme y estudiar”, explica. De hecho, fue buen estudiante. Y cuando, ya en la adolescencia, Bixente se disponía a salir del seminario para entrar a trabajar, uno de los curas del barrio de Echavacoiz convenció a su madre para que siguiera estudiando. “Le dijo que tenía talento y se encargó de buscarme una beca que pagara todos mis estudios”, cuenta. Bixente se decantó por la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Navarra, donde empezó a coquetear con el activismo político. “Organizábamos asambleas o nos reuníamos para hablar después de clase”, dice. “Pero al segundo o tercer año me abrieron expediente y me mandaron a la mili, sin posibilidad de hacerla en los veranos, como el resto de estudiantes, sino todo seguido”.

 A la vuelta, en el mismo círculo de estudiantes de Filosofía de la Universidad, empezaron a hablarle de las asambleas clandestinas. “El debate no había funcionado públicamente, en las clases, así que no quedaba otra que la clandestinidad”. De la mano de una pareja que había estudiado con él, comenzó a acercarse al círculo de lo que sería ETA. Redactando manuscritos, Bixente se dedicaba a analizar la situación en Navarra.

 “Principalmente, yo me preocupaba de explicar que Navarra no era Guipuzcoa, que aquí el apoyo era mucho menor, y que por tanto la estrategia tenía que ser diferente”, dice.

 Lo nombraron cabeza en Navarra, pero según dice, fue porque tampoco les quedaban muchas otras opciones. De este periodo recuerda los pasos de “la muga” para las asambleas que se organizaban en “Iparralde”.

 En una ocasión, nada más cruzar por las montañas, se encontraron de frente con los gendarmes, que les preguntaron qué hacían a ese lado, por el monte y además sin pasaportes.

 “Nosotros les contestamos que éramos montañeros y que nos habíamos despistado”, cuenta. “Al principio no nos creían, pero entonces mi compañero les enseñó unos calcetines de la selección española que llevaba en la mochila y, oye, … ¡mano de santo! Eliminó toda sospecha”. Bixente se ríe a gusto. Se echa hacia atrás y suelta una de esas carcajadas silenciosas de los fumadores.

 Llegó entonces enero de 1973, mes en el que ETA decidió secuestrar al industrial Felipe Huarte. Una de las empresas de su grupo, Tornillería Fina Navarra, llevaba 48 días en huelga por motivos salariales, y el 16 de enero ETA llevó a cabo su secuestro.

 “Estaba planeado que después del secuestro un coche los recogiera para llevar a Huarte a donde lo íbamos a retener, pero el conductor falló y el secuestrador tuvo que alquilar un coche… Ahí obviamente cogieron los datos y no fue difícil seguirle el rastro”, cuenta Bixente.

 “En cuanto lo supe, me imaginé que todos los detenidos me acusarían, y lo digo entendiéndolo completamente, sin rencores, así que crucé la muga”, explica. Pasó meses en casa de una familia que le llevaba comida y, a petición especial, todos los periódicos nacionales. “No sé cómo, pero me llevaba la máquina de escribir a todas partes, así que, con tanto tiempo libre, decidí hacer un análisis de la cobertura mediática de nuestras operaciones”, cuenta.

 Cuando vio que la cosa podía haberse calmado, volvió a cruzar a Navarra, y en julio del 73 lo detuvieron en un viaje en coche de San Sebastián a Pamplona. “Nos pararon a la altura de Lizarza, y como era habitual en los viajes en coche, llevábamos cada uno una pistola”, dice Bixente. “Cuando nos empezaron a cachear, intenté sacar la mía, pero con lo pequeño que soy y habiendo cogido estas cosas sólo en la mili, enseguida me redujeron”, ríe. “En cambio, mi compañero, que era muy grande, la llevaba bien escondida y no sé cómo, pero no se la encontraron”.

 A partir de ahí, llegó el juicio, y la entrada en la cárcel de Martutene un día de víspera de San Fermín. “A las doce estaba pensando en el cohete, como todos los años”, recuerda. Martutene, Soria y finalmente Segovia. Donde se planeó la fuga.

 Si en el primer intento las dudas surgieron al saberse de la desarticulación de los pm, en el segundo el gran debate vino con la muerte de Franco.

 “Es algo que comentábamos siempre y ya teníamos hasta chistes”, cuenta Bixente. “El 20 de noviembre un compañero vino a golpearme la puerta y decirme ‘¡que se ha muertoo!’. ‘Que no, que ese no se muere!’, le dije yo. Pero vaya, aquella vez era verdad”.

 Entonces llegaron los rumores de amnistía y la duda sobre el replanteamiento de la fuga. Pero unas declaraciones de Fraga en las que dijo que no habría amnistía para todos, y la lentitud con la que se empezaron a dar los primeros indultos confirmaron su voluntad de seguir.

 A la dificultad del ruido que hubo con el primer intento, esta vez hubo que añadir otros como el transporte de la tierra que sacaban.

 “Después de la primera vez, nos obligaban a llevar uniforme, pero sólo había una talla, y a mí me quedaba enorme. Eso me daba la ventaja de que me cupiera lo que sea, así que me metía sacos de tierra y los sacaba a la basura”, explica Bixente.

 Entre las peores dificultades que recuerda, está la del día en que metieron un preso común en la celda donde realizaban los trabajos. Esta estaba cerrada por sus malas condiciones, y sólo la utilizaban para aquella excavación. Pero cuando metieron al preso común por unas horas y este intentó utilizar el baño, se dio cuenta de que la cadena no funcionaba y llamó al fontanero.

 “Nosotros nos pusimos nerviosos, pero había uno que era claustrofóbico y fingió un ataque en su celda para desviar la atención. Entonces alguien se metió en el túnel y abrió la corriente para que el baño volviera a funcionar”. Así fue, y al día siguiente, cuando el preso común volvió al área de los presos sociales, se retomó el trabajo.

 Pasaron los meses y la fecha para la fuga se fijó en el 5 de abril. Por primera vez, a Bixente también le tocó colaborar en la excavación. Cuenta que cuando alguien tiraba de la cadena, aquello se llenaba de agua, y los que estaban cavando tenían que aguantar la respiración y asegurar que nada les entrara por la boca hasta que todo bajara. Olía a mierda, sabía a mierda y parecía mierda.

 Entrenaron a todos para que conocieran el camino y supieran cómo seguirlo. “Había un punto en el que había que tirarse de cabeza y recoger los pies enseguida, una maniobra de gimnasta casi, así que pasamos tiempo ensayándolo”, dice riendo.

 El 5 de abril, después de la hora de comer, comenzaron a salir en grupos de 4. “Como todo estaba lleno de aguas fecales llevábamos un montón de calcetines puestos y unas linternas que un compañero había hecho con tubos de aspirina”, explica. El camino olía a mierda, sabía a mierda y parecía mierda. Pero no les importaba. Como tampoco les importaba encontrarse con las enormes ratas que se cruzaban y acercaban pero terminaban por darse la vuelta.

 A la salida, había que escalar por un montón de basura, y al salir, se cruzaron con una familia de gitanos. “Veinte tipos por allá llamábamos un poco la atención, pero bromeamos con ellos, que andábamos de caza etc. y pasaron de largo”. Comenzaron entonces a cambiarse las ropas. ¿Con nervios? “Bueno, uno se desmayó mientras se vestía, pero enseguida despertó, y por lo demás, eso de ver el cielo azul y que los pájaros canten es de las películas”, dice Bixente. “Nosotros estábamos a lo que estábamos”.

A unos 100 metros tenían una furgoneta esperando. Los del comando acababan de secuestrarla para llevarlos al camión de doble fondo que los llevaría a Navarra.

 “Según nos contaron ellos, cuando cogieron la furgoneta y secuestraron al conductor para atarlo, se presentaron como etarras, y el hombre debió de decir: ‘Ah, de la ETA…’ y se dejó atar”, ríe Bixente.

 Enseguida llegaron al camión con el conductor que les llevó a Espinal. Fueron unas 6 horas de viaje en las que no hicieron nada más que mirar por la rendija. Y al llegar, lo primero, descargar la bejiga. “Todos en fila en medio del campo”, recuerda Bixente.

 En Espinal tenían que esperar al mugalari que los ayudaría a cruzar la frontera. Pero no apareció. ¿Por qué? En el momento, el grupo no pensó nada más allá de que no había aparecido, pero con el tiempo Bixente tiene otras sospechas. “No va más allá de la sospecha”, insiste, “pero más o menos todos llegamos a la conclusión de que al grupo que organizaba las acciones no le hacía gracia que saliéramos los polimilis. Éramos los que teníamos la preparación intelectual y en la transición éramos un riesgo porque podíamos convencer a otros de la vía política”, opina Bixente.

 La excusa que dio el mugalari es que le llegó la llamada con la consigna, pero que no la identificó como tal y se fue a dormir. “Y hombre, es una excusa mala”, dice Bixente, “aunque de tan mala que es igual es cierta”.

 Pensaron en ir a Pamplona, pero no había tiempo para encontrar una casa para más de veinte, así que decidieron seguir caminando. Según unos mapas que tenían, no había más de 20 minutos a la frontera, y uno de los fugados, que era de Elizondo, conocía bien el monte, así que caminaron.

 Enseguida se encontraron con la Guardia Civil. Venían de frente. Hubo un tiroteo y el grupo se dispersó. Bixente caminó toda la noche en un grupo de unas 8 personas. Y a las horas de aquel tiroteo, después de haber corrido por el río, volvieron a escuchar un tiro. Era el tiro que mató a Oriol Solé Sugranyes, militante del grupo anarquista MIL.

 “Oriol había llegado hacía un par de días a la cárcel, no llevaba nada… Consiguieron meterse en su celda, donde estaba incomunicado por ser recién llegado. El plan le entusiasmó y se vino. Para acabar así…”.

 Además de Oriol, hubo dos heridos que la Guardia Civil detuvo al instante; pero los demás siguieron. Fueron horas en las que lo único que hicieron fue correr. Pero había viento, y sobre todo, niebla, que no les dejaba ver nada.

 “Parábamos en las basuras a ver qué tabaco encontrábamos. Si era Gaullois estábamos en Francia. ¡Pero no había más que Ducados por todas partes!”.

 Así que después de unas horas, el grupo de ocho personas en el que estaba Bixente decidió entregarse. Entraron en Burguete, sin saber que era Burguete, y llamaron a la puerta de la primera casa del pueblo. “Abrió un señor mayor, muy nervioso. Le contamos que éramos los fugados y le pedimos que llamara al párroco del pueblo. Si nos encontraban solos podía pasar cualquier cosa, pero entregados, sin armas, y con el párroco, estaríamos seguros”, dice Bixente. “Pero llegó antes la Guardia Civil que el cura”.

 Los llevaron a la plaza del pueblo. “Eran unos chavales jovencísimos, unos pobres, y uno de ellos estaba tan nervioso que le temblaba el arma”, recuerda Bixente. “Le pedimos al jefe que por favor lo apartara, que se le podía disparar el arma, y en eso nos hizo caso”.

 Fue el final definitivo de “El Poncho”. Llevaron a los detenidos a Pamplona, y de ahí, Bixente fue llevado a Cartagena, donde estuvo hasta el 6 de abril de 1977. Salió un año y un día más tarde de que la fuga fracasara.

 Aquel 6 de abril el camino ni olía a mierda, ni sabía a mierda ni parecía mierda. Un funcionario tocó la puerta de la celda de Bixente y lo despertó. Lo llevó a que recogiera sus pertenencias, y lo acompañó a la puerta. Ahí lo esperaban dos de sus hermanos. Iban a lo que iban. A recibirle. “¿Qué? Habrá que buscar un sitio para dormir, ¿no?”, fue lo primero que dijo en libertad.

 

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s