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Veintitrés palabras sobre el genocidio armenio

Taline suena a francés. Como Geraldine, Céline o Pauline. Por eso, los extranjeros pensamos que Taline es la viva imagen del estereotipo del país. Pronuncia las palabras como si todas fueran agudas y en invierno lleva una boina de lana blanca inclinada a un lado. Pero quien sabe mirar ve algo en Taline que no es francés.

El dueño de “Larry’s ice-cream” en Washington sabía mirar. Siempre que entrábamos en su tienda hacía el mismo comentario: “¿Qué va a pedir la chica de los ojos de Oriente?”. Y entonces preguntaba a Taline de dónde era.

-De París.

-¿París? Pero tienes que tener antepasados de Oriente Medio…

-Bueno, mi madre nació en Líbano.

Así, Larry quedaba satisfecho y nos contaba, frente al Guernica de Picasso que adornaba la pared, que él era turco. Una vez aclaró que además de turco era judío, y que relacionaba el simbolismo de aquel cuadro con el Holocausto. Taline también tenía una historia relacionada con el Guernica, una historia apenas escondida en un apellido que ya no suena francés: Aprikian. Pero nunca la desveló en presencia de Larry.

La madre de Taline nació en Líbano, como algunos de sus abuelos. Pero Líbano era un país de paso. Todos sus antepasados, también por parte de su padre, proceden de Armenia. O mejor dicho, eran armenios pero nacieron en lo que hoy es Turquía. Estaban allá en 1914, cuando empezó lo que se conoce como el Genocidio Armenio. Y les tocó vivirlo.

La historia de mi tía, la Tante, es la que mejor representa el genocidio, todos en la familia la conocemos”, dice Taline. En realidad no se trata de su tía, sino de la prima de su bisabuelo paterno Arthur, pero para simplificar un árbol genealógico enrevesado, todos utilizan ese título de respeto para referirse a ella: La Tante.

Se llamaba Arghavnie Ter Atamian y era de la zona de Erzeroum, en el este de Turquía. Taline trata de encontrar en el mapa el lugar concreto donde nació. Hoy se llama Beğendik, pero antes de que las autoridades turcas cambiaran el nombre, los armenios conocían el poblado como Bakaritch. Taline lo localiza en Google Maps. “Es un pueblo fantasma”, dice. Desde el satélite no se ve nada más que los cimientos de las casas. “Todas las familias fueron deportadas y nunca se repobló”, explica la joven.

Ella, que tiene 19 años, ha estudiado a fondo la historia del genocidio, pero en lo que se refiere a la historia de su tía Arghavnie, tiene lagunas. Por eso recurre a su padre. Él no suena a francés. Se llama Gorune, tiene 51 años y se dedica a la producción de cine y documentales.

Hace 33 años, con la misma edad que ahora tiene Taline, Gorune también tenía lagunas. Pero contaba con la suerte de poder recurrir a la fuente de la historia de primera mano. Entrevistó a Arghavnie con un magnetófono. “Era la segunda y última vez que tenía una conversación privilegiada con la Tante donde ella me contaba su historia”, explica. Y después de hablar, Gorune empezó a planear un documental con la historia de su familia. Buscando rellenar las lagunas. Tal y como hizo Taline al recurrir a él y pedirle la transcripción de aquella entrevista de los sesenta.

Trabajábamos en el campo”. Taline lee las palabras de su tante. “Teníamos ovejas, oh sí, montones de ovejas y vacas,y caballos… Ya sabes, teníamos de todo”.

En esa vida rural armenia, era habitual casarse joven por temor a que los kurdos se llevaran a las chicas jóvenes y vírgenes, así que siguiendo la tradición, la madre de Arghavnie, concertó el matrimonio de su hija, aún sin nacer, con el primogénito de una amiga.

Yo no quería, tenía miedo, temblaba… Tenía 15 años, ¿qué quería él de mí?”, se quejaba la Tante al recordar el episodio.

Pero Arghavnie se casó. Y al contrario de lo que temía, todo fue bien. Su marido tenía 18 años en el momento de la boda, era inteligente y respetado, “muy respetado”. Vendía pedazos de tela para hacer trajes, y con ese negocio montaron una pequeña boutique que les dio el suficiente dinero para vivir bien con los tres hijos que tuvieron.

Nos queríamos mucho, mucho”, dice Arghavnie. “Pero con el ejército, él se tuvo que ir”.

Era 1914, estalló la Primera Guerra Mundial y los jóvenes del Imperio Otomano fueron llamados a filas. En pleno fin de año tuvo lugar la batalla Sarıkamış, donde los turcos fueron derrotados por los rusos, en lo que sería la piedra angular del genocidio. A los pocos meses, las autoridades empezaron a responsabilizar a los soldados armenios de la derrota. Las unidades de soldados constituidas por armenios fueron desarmadas y los integrantes, obligados a realizar trabajos forzosos. Sólo para después ser ejecutados por los hombres que vestían su mismo uniforme

La Tante cuenta que junto a su marido, también se llevaron a todos los hombres fuertes de Bakaritch, y que en el poblado sólo quedaron los niños y las mujeres. “Uno detrás de otro, se aseguraron de que no quedara nadie fuerte”.

Y fue entonces cuando llegó el apocalipsis. Como dice Gorun, “el fin del mundo; el fin de su mundo”.

Algunos armenios habían empezado a rebelarse, y cuatro días después del levantamiento más famoso, el del lago de Van, el gobierno turco consideró que estaba sufriendo la sublevación del pueblo armenio. En lo que se toma como la primera señal del genocidio, detuvieron a 250 intelectuales armenios en la capital y ejecutaron a la mayoría. Ese día, el 24 de abril de 1915, también se tomó la decisión que cambiaría la vida de Arghavnie. La de iniciar las deportaciones de armenios a lo que hoy es Siria.

La Tante tenía entonces 25 años y tres hijos. Con ellos y con todos los habitantes armenios de Bakaritch, comenzó a caminar desde el pueblo hacia el oeste. Rumbo a Arapkir. Entre ambos lugares sólo hay 280 kilómetros de distancia, que en coche vendrían a ser unas cinco horas. Y andando, como mucho, dos semanas. La Tante caminó un mes.

Raymond Kevorkian, historiador armenio que participa en el proyecto de Garune, explica que de la duración del trayecto se deduce la estrategia turca: “Tuvieron que dar vueltas y vueltas en las montañas para cansar, enfermar y hacer pasar hambre a los deportados”.

-¿Tengo que hablar de eso ahora?- le preguntó la Tía a Gorune al hacer la entrevista.

Pero el joven no supo responder.

-¿Lo grabo?- insistió ella.

-Sí.

-¿Sí? Bueno.

Cuenta entonces que a los pocos días de emprender el viaje, en Erzinga, empezaron las torturas. Que obligaron a arrodillarse a su tío Kapriel. Y que los policías empezaron a golpearlo con las culatas de sus fusiles. Por delante, por detrás. Le golpearon el cuerpo, le pelaron la espalda y le arrancaron las uñas.

Que después perdió a sus hijos. A los tres. Que sus dos niñas cayeron enfermas y no resistieron sobre el camino. Y que su petit garçon murió de hambre sobre su pecho. En sus brazos. Porque no le quedaba leche.

Que después se separó de su hermano. Que se encontraron con un grupo de kurdos y ella lo convenció para huir con ellos. Que nunca más supo de él. Y que no lo debió haber convencido. Que tendrían que haberse quedado juntos. Que si morían, morían.

Después Arghavnie se calla. Y Gorune dice que miente por omisión. Que de la primera vez que la entrevistó, sabe que su marido, antes de marchar a la guerra, le había dado un pequeño revólver americano para protegerse. Que ella lo llevaba bajo el vestido. Y que un día, al borde de un río, cuando sufrieron un ataque, lo sacó. Pero que la desarmaron. Y que al llegar a esta parte del relato Aghavnie lloró, calló y no dijo nada más.

Tenía dieciocho años y la idea de volver a hacerla llorar era insoportable”, dice Gorune. Así que en esta segunda entrevista, dejó que su Tante mintiera por omisión. Que no contara que al quitarle el revólver la violaron. Porque Gorune tiene la certeza, por lo que habló con ella, de que eso es lo que pasó. Y de que, si pasó, “hay que contarlo”.

Dejando el tema pasar, Gorune preguntó a la Tante sobre su relación con Arthur, el bisabuelo de Taline. Arthur, que en armenio se llamaba Haroutioun, era su primo y tenía diez años cuando empezaron las deportaciones. Habían caminado juntos desde que dejaron Bakaritch, incluso después de morir los niños de Arghavnie. Y a punto de llegar a Arapkir, el destino final, la Tante quiso encontrar una forma de salvarlo y hacer con él lo que no pudo con sus hijos.

 Cuenta que se acercó a una joven armenia y le suplicó que se quedara al niño. Le explicó que estaban siendo deportados y que él, como sus hijos, no sobreviviría el resto del camino. La joven los llevó ante otra mujer, también armenia, casada con un turco. Ella les dijo que aunque no se lo fuera a quedar en casa, lo podían esconder en el jardín y la cocinera se encargaría de alimentarlo. Y la Tante así lo hizo. Dejó a Arthur atrás y siguió su camino hacia Arapkir. Pero de todas las separaciones que vivió Arghavnie, aquella fue la única sin un final trágico.

 Pocos días después de aquello la Tante llegó a Arapkir. La instalaron en una casita rodeada de vegetación con el resto de deportados de la zona de Erzeroum. Allí conoció a una armenia de buena posición que resultó estar emparentada con su marido y que la ayudó a salir de la casa. Se llevó a la Tante a vivir con su familia.

En esas circunstancias, la Tante acudía con frecuencia a la iglesia armenia de Arapkir. Y después de unos dos años viviendo en la ciudad, en una de las misas, habló con un niño de diez años que también era de Erzeroum. Le preguntó:

-¿Hay otros niños de Erzeroum en Arapkir?

-Hay otro que se llama Hassan.

-Tráelo y veamos quién es ese Hassan.

¡Me lo trajo y vi que era Haroutioun (Arthur)! Cómo lo abracé, cómo lloré…”, dice Arghavnie.

En poco tiempo supo que el niño había sido adoptado por un comisario turco, que ahora se llamaba Hassan y se había convertido al Islam. Pero la Tante no quería renunciar a él. Quería recuperarlo. Así que con la ayuda de un americano escribió una carta explicando al padre turco de Arthur que este pertenecía a una buena familia. Le dijo que su tío vivía en Constantinopla y que por tanto estaba obligado a enviarlo con él. Y así, con esa carta, unas cuantas monedas y un pedazo de queso convencieron al comisario de que entregara a Arthur.

Extraño comisario que creyó en el chantaje de los revolucionarios”, dice Gorune. “¿Lo podemos contar en el lado de los justos?”, se pregunta.

Arthur llegó a Constantinopla de niño. Se separaba de la Tante por segunda vez; pero al menos en esta ocasión seguía dentro de la familia, y sobre todo, manteniendo en contacto con ella.

En Arapkir, cuando la familia que se hacía cargo de Arghavnie empezó a tener problemas, la mandaron como enfermera al orfanato de Agn, a escasos kilómetros de la ciudad. Allá la Tante se hizo cargo de 160 huérfanos armenios, convirtiéndose en la reina de las estratagemas para saciar el hambre que mantenía a los niños escuálidos. Pasó cinco años en el cargo.

Después, llegaron el camino en burro a Siria, la vida en Líbano y finalmente París, donde se reencontró de nuevo con Arthur. En el distrito número 9 de la capital francesa, la familia montó un restaurante donde la Tante pasó sus últimos días.

Según dice Gorune, “su vida se basó en una serie de apegos a niños de los que se hacía cargo y a continuación perdía. Como los suyos”.

Es lo que Taline conocía de la historia de su Tante. Al menos antes de leer la transcripción de las entrevistas. Que perdió a sus hijos, se separó de su hermano, la violaron, perdió y reencontró a Arthur y se hizo cargo de un orfanato. Veintitrés palabras. Para ella, todo ocurrió hace cuatro generaciones y casi cien años. En un país en el que no ha estado y en un idioma en el que no habla. Porque Taline, además de sonar a francés, se siente francesa. Y lo dice en pleno debate sobre la identidad nacional del país. “Si tuviera que elegir, elegiría el sentimiento del país donde he crecido; pero lo cierto es que nadie me obliga a decantarme”.

Ese poso de la historia armenia es parte esencial de su historia familiar y personal. Con el relato ha aprendido de la Historia y de las personas. Por eso lo quiere compartir y recordar. Que el mundo olvide las veintitrés palabras que representan la historia de la Tante y de toda una etnia le produce pavor.

Taline explica que no se siente armenia como tal, porque la Armenia de su familia nunca existió sobre el mapa, y el país que hoy se sitúa al este de Turquía no es el que vivió el genocidio. Los que lo sufrieron fueron los armenios de Anatolia del este, cuyos descendientes están, en su mayoría, en la diáspora. Como Taline, se integran en otros países y olvidando el idioma, pero ella cree que el sentimiento de comunidad se mantiene vivo, y que no perderán la fuerza para mantener el recuerdo del genocidio. “Porque el reconocimiento del mundo depende de que nosotros sigamos sabiendo”, dice.

A día de hoy, sólo 20 países han reconocido oficialmente el genocidio armenio. Otros como Estados Unidos, España o la propia Turquía no utilizan oficialmente el término genocidio. La polémica está servida.

El gobierno turco dice que las muertes armenias no salieron de lo que se considera normal en cualquier guerra. Que genocidio significa la destrucción deliberada y sistemática de un grupo de la población; y que eso no es lo que ocurrió con los armenios. Argumentan que ellos murieron de hambre y frío en las deportaciones, no como parte de una estrategia deliberada de exterminación. De hecho, hacer referencia al genocidio en Turquía puede ser considerado un delito, ya que el artículo 301 de su Constitución declara ilegal insultar a la nación turca. Basándose en este artículo, intelectuales turcos como el premio Nobel Orhan Pamuk han sido condenados por declarar que Turquía mató a centenares de armenios y kurdos. Sin embargo, el Primer Ministro actual ha declarado que hay ciertos problemas con este artículo, y que algunos cambios son necesarios.

Ante este tipo de hechos, los armenios como Taline argumentan que, por ejemplo, el propio inventor de la palabra genocidio, Raphael Lemkin, declaró que en 1943 acuñó la palabra con los armenios en mente.

Taline achaca a motivos políticos la negación del genocidio por parte de Estados Unidos y España. Dice que siendo Turquía una aliada como es, ninguno de los países puede permitirse enfurecerla. De hecho, cuando Taline habla de la relación entre Turquía y España, se lleva las manos al cuello y dice en tono jocoso: “España está así. Sabe lo que hay, pero con la Alianza de Civilizaciones y sus relaciones con Turquía, no puede hacer nada”.

Pero pese a todo, a sus 19 años, Taline es optimista. Cree que ningún país puede avanzar sin afrontar su pasado. “Ocultar la historia acaba por ser insostenible, y aunque el genocidio parece algo que con los años ha acabado bajo la alfombra, acabará por ser reconocido incluso por Turquía, porque los hechos son claros e incluso hay un movimiento interno en el país que aboga por el reconocimiento”, explica.

La joven repite estos argumentos una y otra vez, incluso cuando le toca debatir con turcos. Como le pasó estando en Washington. Teniendo compañeros de la zona en la residencia, se trataba de la primera vez que Taline tenía la oportunidad de entender la perspectiva turca de primera mano. Y con su determinación y curiosidad, no la iba a dejar pasar.

En abril del año pasado, Taline participó en la manifestación de Washington que conmemoraba el aniversario del inicio del genocidio el 24 de abril de 1915. Al volver de la Casa Blanca colgó las fotos en su página de facebook. Y al poco tiempo se topó con el mensaje, un tanto ofendido, de una amiga turca. Aquello derivó en un intercambio amigable y sincero sobre la posición de ambas.

La joven turca decía sentirse dolida cuando veía a la gente tildar de genocidio lo que ocurrió en 1915. Explicaba que a pesar de no ser una gran patriota, consideraba un ataque a la nación el hablar de genocidio; porque se trata de una acusación grave que mancilla la historia del país, pero que sobre todo, es falsa.

Taline le contestaba que entiende que el asunto es sensible, pero que en ningún momento considera a la Turquía actual responsable de lo que el Imperio Otomano hizo en aquel momento, y que por tanto, no habría problemas de peticiones armenias más allá del reconocimiento de un hecho histórico.

La joven turca aclaró los motivos por los que considera un error hablar de genocidio. Según ella, si hubiera sido un genocidio, también habrían muerto los armenios de la zona oeste de Anatolia, pero los que murieron fueron los del este, porque fueron quienes se habían sublevado. Un genocidio es la exterminación de toda una etnia, y no sólo de aquellos que viven en una parte del país. Además, “¿qué haríais como presidentes de un país en guerra donde una de las naciones empieza a sublevarse?”, preguntaba la joven. “Podían haber hecho las deportaciones de otra manera, pero la intención no era destruir a los armenios”, dice. Así, aclara que ella se considera defensora de los derechos humanos, y que por eso cree que Turquía debería disculparse por la forma en la que hizo las cosas. “No supieron evitar la muerte de cientos de personas, los transportaron en condiciones horribles, así que Turquía no es inocente; pero al no tener intención de que aquello ocurriera así, tampoco es culpable de un genocidio”, dice.

Como defensora de los derechos humanos, la chica se mostraba compungida por lo que ocurrió a los armenios. “Lamento mucho que cientos de personas tuvieran que dejar sus casas y que muchas de ellas murieran”, dice, “pero también lamento que turcos murieran en manos de armenios. Ninguna de las dos cosas fue genocidio. Fue una guerra”.

Ninguna de las dos jóvenes cambiaron su opinión sobre los hechos. Pero las dos dijeron haber entendido mejor la perspectiva de la otra. Y Taline, antes de despedirse, añadió una reflexión final:

 ¿Quién recuerda hoy lo que pasó a los armenios?”. Fue la frase de Hitler para justificar la solución final en el Holocausto judío. Y según la joven francesa, eso es lo que se consigue olvidando hechos de este tipo. Transmitir el mensaje de que “no pasa nada” con los crímenes, de que se pueden cometer y quedar impune. “Y ¿se puede construir un mundo mejor dejando pasar hechos como estos?”, se pregunta.

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