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Cuando era pequeña, solía leer un libro que se llamaba Nieve, renieve, requetenieve. Nevaba tanto que toda una ciudad quedaba sumergida bajo los copos. Hasta que, después de unas semanas, la nieve se derretía, se llevaba consigo todos los colores, y la ciudad quedaba en blanco y negro.
Después de despertarme esta mañana, temo que algo así pueda pasar en Washington, DC. Durante el fin de semana, mirara donde mirara, todo era blanco y no quedaba nada al descubierto. Los coches parecían huevos de dinosaurio, las estalactitas amenazaban con apuñalarte al caer de las cornisas y, cómo no, encontrabas esquiadores por las calles. Alguno que otro vestido de pingüino. Aunque entonces, al menos, distinguía las formas en la calle, y salía a ver alguna de las guerras de bolas de nieve organizadas por Facebook. Ahora, no veo más que una gran ventisca. Es lo que llaman snowpocalypsesnowmageddon osnowzilla 2010. Según el gusto.

Pero, ¿de verdad es para tanto? Pues si me hubierais preguntado ayer, diría que estas cosas siempre se exageran, aunque haya materia prima para hacerlo. Porque la nevada de diciembre fue parecida y, que yo recuerde, no tuvo tanto eco. Pero si me preguntáis hoy, no me ando con medias tintas. Nunca he visto algo así en una ciudad.

En cualquier caso, si os preguntáis cómo es que no están acostumbrados o preparados, la respuesta es fácil. Washington es una ciudad fría en invierno, muy fría, pero no de nieves, y menos de tantas. Este año está siendo particular. Y no sé si nieva más que en otros sitios o si simplemente se acumula más, pero lo cierto es que la ciudad se paraliza. Y la sensación que tuve el primer día de la tormenta es de que, de alguna forma, se dejan inundar por la nieve.

Me explico. La nevada está siendo, sin duda, gigantesca. Sobre todo en este punto en el que nieva sobre nevado. Pero la precaución para evitar llegar a esto se me ha hecho escasa. Al contrario que en diciembre, esta vez al menos he visto sal por las calles, pero sigo sin ver apenas máquinas quitanieves. Están para las carreteras, pero para todo lo demás, lo que se llevan son las palas. Y cada uno la suya. Parece que, aunque el problema sea colectivo, la solución es individual. Y mientras no hay certeza de que estas situaciones vayan a darse, es mejor no gastar en prevenir. Y esto es, en menor escala y si se me permite la comparación, producto de la misma filosofía que acabó descuidando los diques de contención y provocando la inundación de Nueva Orleans en 2005.

Así es como cierran el metro y los aeropuertos, los edificios oficiales, nadie llega al trabajo, y todo se cancela. Pero sobre todo, así es como la gente olvida la rutina y construye iglúes o muñecos de nieve y caminan por los estanques congelados del Capitolio o el Lincoln Memorial.

Y ahora, cuando miro por la ventana, no sé distinguir si esto es una nevada, una ventisca o un huracán. Lo cual me hace pensar que sí, que mi Nieve, renieve, requetenieve quizá se haga realidad en este snowpocalypse 2010.

Más fotos de nuestra corresponsal, en Photobucket.
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