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“38 años juntos es un noviazgo demasiado largo. Estamos listos para casarnos”,rezaba una de las muchas pancartas que el domingo escondían historias de película en la manifestación por los derechos del colectivo homosexual en Washington.

Y es que las protestas por los derechos de los gays en Estados Unidos siguen teniendo ese peso reivindicativo que en España perdieron allá por 2005 en favor de ese aire de celebración propio de los festivales del Orgullo Gay. Aquí, aunque la lucha venga de más atrás, la polémica está aún sobre la mesa, y la manifestación de ayer, lejos de ser una fiesta carnavalera, estuvo llena de peticiones al Congreso y en especial, aObama.

Después de que éste expresara su apoyo a la comunidad homosexual en una cena anual organizada por la Campaña pro Derechos Humanos el sábado, era de esperar que la mayoría de los mensajes fueran para él. Y es que la comunidad gay de USA sigue esperando, algo desconfiada, que Obama cumpla la promesa electoral de acabar con la política “Don’t ask don’t tell” aprobada en la época de Clinton y que permite a los homosexuales trabajar para el Ejército siempre que no revelen su condición sexual. Yo no pregunto, tú no me dices, y todos contentos.

La marcha comenzaba a las 12 liderada precisamente por Dan Choi, un teniente del Ejército que hizo frente a la política “DADT” al salir del armario en un canal de televisión en marzo de este año. Recibido como un auténtico líder del movimiento y vestido con su uniforme, Choi inauguró la marcha agitando la bandera del arcoiris. Los manifestantes, en lugar de llevar sólo las banderas y chapas habituales, iban totalmente vestidos para la ocasión, y en la mayoría de los casos, por no decir todos, llevaban pancartas individuales con lemas como “Jesús también ama a los gays, supéralo”.

Camisetas hippies, caras pintadas, flores en la cabeza o incluso calzoncillos con el eslogan “gay legalizado”inundaban la primera fila, donde la gente parecía haber pasado un casting para llegar. El que no llevaba algo hortera o no pasaba la barrera de edad, fuera; como un hombre de unos 60 años que aguantó veinte minutos de“yo-de-aquí-no-me-muevo” hasta que la organización lo quitó del frente. Los opositores anti-gay en cambio, pocos y muy tranquilos, pudieron quedarse en su sitio sin más incomodidad que algún “¡buuh!” no muy fuerte de quien pasaba por delante.

Camino del Capitolio se echó en falta algo de música que acompañara el paso, una batukada de esas de lo viejo, pero al llegar y después de unos cuantos gritos de “Yes, we can” -eslogan multiusos donde los haya- todos, sin excepción, cantaron el himno, con la mano en el pecho, cosa que siempre siempre siempre se repite en las reuniones multitudinarias, sean por la causa que sean y organice quien las organice.

Envidia de Europa
Muchos de los manifestantes creían que su situación es peor que la de los países europeos, y cuando una les decía que viene del viejo continente, la miraban con un gesto entre la admiración y la envidia que es difícil de entender. Pero a pesar de que sobre el papel España sea un país más progresista en lo que a derechos civiles se refiere, dudo que allí haya muchas historias como la de Hannah Moch, una joven de 16 años de Nueva York que se siente orgullosa de haber sido educada por una pareja lesbiana. “Nunca he echado en falta una figura paterna ni he vivido aislada en un mundo de mujeres, porque siempre hay hombres en tu comunidad de los que también aprendes. Quienes no lo entienden, es por un problema de ignorancia”.

Bisexual y universitaria
Más común es la historia de Judith Guccione, estudiante bisexual en la Universidad Católica de Washington que ha intentado montar una organización LGBT en su campus y cuenta cómo la oposición de la Universidad se lo ha impedido, a pesar de contar con gran apoyo estudiantil.“Muchos estudiantes no salen del armario por miedo a que la Universidad les quite la beca o sus propias familas dejen de pagarles. Hay sitios donde hay que tener valor para declararse abiertamente gay”, dice.

Sitios como Tennessee, donde David Barlew yAdam Case crecieron ocultando su relación a sus familias. El domingo celebraban su aniversario apoyando la marcha, después de casarse en California el 14 de octubre de 2008, poco antes de que se aprobara la Proposición 8 por la que se dejan de reconocer los enlaces gay“La mayoría de la gente en Tennesse te odia y te sientes inseguro, todo el mundo deja claro que no eres bienvenido y no les gustas, piensan que eres una aberración para la sociedad”,dice Barlew, de 29 años.

“Cuestión de tiempo”
Rob Apgar, de 28, trabajaba ayer como voluntario de la organización y contaba que las cosas pintan mejor en Washington DC, una burbuja liberal en la que la comunidad gay lo tiene fácil, aunque aún queden cosas por hacer. “Trabajo duro todos los días para proteger los derechos de la gente y sólo quiero que hagan lo mismo con los míos”, dice este policía casado legalmente en Maryland, donde reside.

Preguntado por la falta de acciones concretas de Obama en el campo de los derechos gays, Apgar dice que “Obama está intentando ser el Presidente de toda América, pero por desgracia el país no está preparado para la igualdad de derechos. Es una cuestión de tiempo y tenemos la historia a nuestro favor”. Por otra parte, Jakobi Lyons, estudiante de la Universidad de Indiana, comprende la decepción de la mayoría, pero opina que llevando sólo un año en la Casa Blanca, Obama merece una “segunda oportunidad”.

“Esperanza y cambio no son más que eslóganes vacíos de sentido”, contrarrestan Alex Maravel y Cathy Hermes, una pareja de lesbianas de Connecticut que llevan juntas 18 años y que consideran a Obama el principal “jefe anti-gay”, aunque la gente no quiera descubrirlo y los medios no lo investiguen.

Casi cuatro décadas
Lejos de debates políticos, Rusell Reish, de 71 años, y Albert Massé, de 82, son esa pareja del principio que lleva 38 años de noviazgo y que está lista para casarse. Han educado a las sobrinas del mayor como hijas propias y según Massé, cometieron un terrible error: “salieron heterosexuales”. Ambos cuentan que fueron las ovejas negras en sus familias, especialmente Reish, cuya madre en un principio no encajó lo que su hijo le contó con 25 años: que le gustaban los hombres. Aun así, con el tiempo“antes de morir ella se dio cuenta de lo feliz que era su hijo y de que ¿por qué no?”, porque después de todo, ambos han tenido una “vida maravillosa viajando al lado del otro”.

La pareja vino a las protestas en Washington de 1987 y 1993. “Hemos visto el progreso durante todos estos años, pero todavía hay mucho trabajo por hacer. Hay que terminar lo que se empieza”, explica Massé. “Puede que el cambio no llegue con esta generación, pero si no es con esta vendrá con la siguiente. Porque es seguro que llegará”.

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