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Nunca. Jamás de los jamases. En la vida habría imaginado que echaría tanto de menos la comida de mi casa. Y no es por faltar a mis padres, que cumplen con su tarea de chefs con corrección. Es sólo que nunca he sabido degustar la comida como es debido. No como ni sano ni variado, y de pequeña era de esas a las que hay que agarrar con arneses para dar el puré. Incluso hay quien me recuerda porque hacía bolo con la sopa.

Pero ya veis, aquí en los maravillosos USA, hasta la peor comedora del mundo sufre. Y no es para menos. Es imposible comer bien. Imposible, de verdad. Yo venía mentalizada para evitar los puestos de perritos calientes y los McDonalds -o peor aún, los Wendy’s-, pero no he encontrado alternativas. ¿Ni en el supermercado? ¡No! ¡Nada! Obviamente un híper es mejor que cebarse con bacon a diario, pero aun en el caso de que fuera una cocinillas, seguiría sin comer bien.

Y es que he descubierto que aquí tienen miedo a lo natural. Es así. La comida, cuanto menos parezca comida, mejor. El queso, siempre en lonchas, y mejor si es de tranchetes para que se pueda fundir. El zumo, sin pulpa, y a ser posible con toneladas de azúcar que lo conviertan en un refresco. La lechuga, ya empaquetada y cortada en rectángulos. Las zanahorias, en palitos. El helado, parece una cosa así grasienta más que un lácteo. Y todo por supuesto, en tamaño industrial. Como esa leche que venden en garrafas familiares. ¡Puro plástico!

No me quiero ni imaginar a un estadounidense medio al ver un rape o un jamón curado. Y un gorrín enterito, con cabeza y todo, ya ni te cuento… Y aunque yo nunca he sido fan de esas delicias, ahora me derrito recordando sabores. Y muero al abrir los ojos y ver esas ensaladas aliñadas con salsas pastosas y empaquetadas en plástico.

Es frustrante. Y ayer… Ayer llegué al borde de la desesperación. Entré al cine cubriéndome los ojos y esquivando el puesto de nachos, M&M’s y demás porquerías. Caminé ya a salvo a lo largo del pasillo. Llegué a la sala y encontré… ¡Horror! Un dispensador de grasa pura y dura, mantequilla derretida, para echar a las palomitas. ¿Pero dónde estoy? ¡Socorrooo!

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