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Después de dos horas en coche hasta Bilbao y otras dos de vuelo hasta Munich, acompañada por los guipuzcoanos Antxon e Iñaki, por fin cogí, con algo de retraso, el vuelo que me trajo a Washington. Jodido vuelo… ¡lo que tardó! Para evitar la proximidad con el huracán Bill, dijo el capitán. Pero no sé yo si lo lograron, porque el aire que me venía a mí desde arriba, desde la ventana y hasta de los pies no podía ser sólo cosa del aire acondicionado. No podía. Imposible. Un frío infernal, y eso que llevaba manta… Pero bueno, el tema se alivió viendo una peli de Bollywood que dejé a medio terminar cuando empecé a hablar con el compañero de vuelo. Tristán de Maryland, de 15 años. Al final con eso del malestar post-aterrizaje sumado al jet-lag ni me despedí de él.

Fui directa a la aduana, y de ahí, con un carrito con las ruedas desviadas hacia la derecha a más no poder, llegué al taxi. No sin antes chocar las maletas contra la pared, recogerlas del suelo, estar a punto de atropellar a la gente etc. Fue duro, vaya. Sobre todo cuando un tipo que se parecía a Will Smith se empeñó en ofrecerme una limusina en lugar del taxi que yo buscaba. Vamos, que tengo cara de tonta fácil de timar. Pero llegué, con retraso y ya de noche, pero sana y salva, con las maletas y con llave para la resi. Aunque lo de sana… Teniendo en cuenta lo del dolor de tripa por el frío, mejor lo pongo entre comillas.

Dormí y hoy al despertarme he hablado con el mundo y he comenzado el proceso de decoración del apartamentillo. Realmente no me sale llamarlo “cuarto” con lo grande que es. Cocina, baño, saloncito y camas, en el mismo sitio que el salón y sin mucha intimidad, pero muy cómodas al fin y al cabo.

Con todo el equipaje deshecho, ya era hora de asentar los pies en este país con algo de fundamento, así que cámara en mano me he decidido a explorar un poco los alrededores. Con eso de que las calles tienen nombres de números y letras, es muy fácil orientarse, así que he prescindido del plano, para dejarme llevar un poco y hacerme una primera composición de lugar.

Primera parada: La Casa Blanca. Y no sé yo por qué, pero me ha parecido algo pequeña, menos espectacular de lo que esperaba. Aunque es probable que la haya visto desde la parte más fea. O puede ser también que quienes se manifestaban frente a ella me hayan despistado. Más que ningún otro, una mujer con un cartel que decía algo así como: “¿Cómo puedo bendecir este país cuando está lleno de pecadores?” y que parecía que venía decidida hacia mí. Como diría mi hermana, qué mal rollo.

Huyendo un poco de esa mujer he llegado a ver el Capitolio al fondo de una avenida, y aunque el camino me había parecido corto, sin nada que beber y con el calor que hacía se me ha hecho eterno. Interminable. Agotador. Casi no me fijaba en lo que veía. Hasta que me he encontrado de frente con ese dificio, este sí, impresionante, que cumple con creces con lo esperado. Entonces he tenido que abrir bien los ojos y desperezarme, porque la vista merecía la pena. Y al darme la vuelta, oh ¡sorpresa! el Monumento a Washington que ya ayer vislumbré desde el taxi. Y más al fondo el Lincoln Memorial. Eso debía de ser el National Mall, claro. Lo que más me ha gustado del día, sin duda. Especialmente esa parte final donde uno se puede imaginar hablando a Luther King. Sí, casi se me ponen los pelos de punta.

Quizá por ir despistada pensando en eso, he cruzado el Potomac por donde no debía y he aparecido, así porque sí, de repente, en el cementerio de Arlington. Y aunque mi intención a esa hora ya fuera volver a la residencia, ya que estaba ahí mejor pasarme a ver la tumba de Kennedy. Es una placa sobre un suelo adoquinado, acompañada de la de su mujer y dos de sus hijos que murieron casi al nacer, cosa de la que me he enterado ahí mismo.

Y bajando ya hacia la salida es cuando he tenido la anécdota del día. Uno de los jardineros se me ha acercado en uno de esos carritos que usan para moverse. Me ha dicho que me había visto intentando sacar agua de una fuente, y que se ha dicho a sí mismo “Qué chica tan guapa, ¿de dónde será?”. Así que ha ido a por una lata fresquita de Minute Maid y me la ha traído. Luego me ha dado su tarjeta y me he ido, entre sorprendida, agradecida y desconfiada. Que por cierto, al llegar a la resi y mirar en la tarjeta -un pedazo de cartón en realidad- he visto que dice “artista+bailarín+terapia de masaje”. JA! Vamos, otra prueba de que tengo cara de que me las meten dobladas.

En poco más de media hora he vuelto a la residencia, donde sigo sin ver apenas vida humana. Espero comunicarme de una vez con la gente mañana, con eso de que hay un programa de orientación para los estudiantes internacionales a ver si salen a la luz. ¡Deseadme suerte!

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