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Cuando la gente me pregunta “¿cuándo te vas a DC?” y paso de responder “el 23 de agosto” a decir que “el domingo”, me doy cuenta de que estoy oficialmente en la cuenta atrás para el primer gran viaje de mi vida. Y ya cuando la respuesta pasa a ser “pasado mañana”, ni cuenta atrás ni nada. Estoy sin duda en lo que se dice el limbo de los viajeros. Entiéndase, con el cuerpo todavía en casa, en este caso en Pamplona; pero con la cabeza ya en el destino. Un mundo de hamburguesas, manteca de cacahuete, banderas y sobre todo gente, mucha gente de todo tipo.

Me preguntan si estoy nerviosa. Y la verdad es que en contra de todo pronóstico, no lo estoy. Mi pacto conmigo misma para no llorar en las despedidas y para dormir estos últimos días está funcionando. Al menos hasta el momento en que empiezan con aquello de “¿y eso? Es un año entero, ¡eh!, ¿Sabes lo que es un año?”. O hasta que entro en la página de mi universidad de destino y me encuentro con cosas como… el peligro de amenaza a la nación en nivel amarillo. “Riesgo significativo de ataques terroristas”. Gracias por la información, muy amables, todos. Pero creo que era más feliz centrándome en mi pacto y respirando hondo cuando la cosa me da vértigo. Y sobre todo, cuando pienso lo muchísimo que os voy a echar de menos. A mis padres, a Maialen, a la mejor cuadrilla que se pueda desear al completo -hamaika begirada-, Amaia, Nerea, Txemi, Ane Rotten, Hannehwar, Silvi, Reich… Y todos los demás. Ya sabéis eso de que las amistades son plantas que van creciendo, y que cuando ya son árboles grandes, sus ramas son taaaaaaan largas que las partes siguen unidas por mucha distancia que haya. Y… ¡mierda! Que en mi pacto también está lo de no ponerme ñoña…

Así que aquí estoy, a menos de 48 horas de partir rumbo a Washington DC. Para un año, que sí, que ya sé lo que es, 365 días. Que para los que tendrá mi vida, una cosilla de nada, oye. Con ganas de convertirme en una J-1 de forma oficial y contaros qué se siente día a día. Porque no dudéis que sacaré provecho a esa cartulina que me gané con el sudor de mi frente en 3 horas de calor infernal en la embajada. Esa por la que me hago llamar J-1 y que comparto con el resto de estudiantes internacionales que como yo, ponen pies en polvorosa a ver si eso de la tierra de las oportunidades es verdad. Aunque, para qué engañaros, lo mío de huída tiene poco, y de precipitada aún menos. Es más bien eso que en las pelis de allá llaman un sueño hecho realidad. O por encima de eso, el primer paso para alcanzar lo que sí que sí, es un sueño de verdad.

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