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Viajar es adictivo. Cuantas más escapaditas se hacen, más planes surgen para próximas aventuras. Pero antes de que salir de viaje se convierta en algo así como engullir bollos para calmar la ansiedad, hay que saborear los recuerdos del lugar cuando aún están calientes. Revelar las fotos, contar las batallitas a los amigos… Terminar de dar forma a lo que quedará como la foto imaginaria de la visita, porque hay que ir educando el paladar para que aprecie mejor las escapadas futuras.

Redondeando la idea de nuestro viaje por la Camargue llego a las siguientes conclusiones, que para terminar antes de las 12 y debido al estado en el que me encuentro tras el viaje en coche, me limitaré a enumerar:

  1. Si la Camargue fuera España seguro que habría peticiones de más autonomía o independencia. Pero es que en Francia todas las regiones son diferentes las unas de las otras, y muy francesas al mismo tiempo. Su paisaje peculiar, la lengua propia, las tradiciones únicas… Camargue is different.
  2. Es como la Andalucía francesa. Los Gipsy Kings sonaban en todos los anuncios de las radios locales, e incluso en los altavoces de algún pueblo que otro. Pero más que por eso, la Camargue parece una región más de Andalucía por la tauromaquia. Ferias, corridas, abrivados y bandidos. Y si en las tiendas de souvenirs hay que vender toreros, se vende el pack completo, importado claro, metiendo también al toro que suelta “olé” al apretarlo y a la sevillana con el traje de lunares.
  3. No me extraña nada que un impresionista como Van Gogh eligiera una zona así para pintar paisajes. La Camargue está llena de marismas en las que el reflejo de la luz cambia de color casi a cada minuto. Algunas como la de Aigues Mortes, parecen tintarse de un lila rojizo por la sal que se saca de sus aguas. Los campos de trigo, algún que otro ciprés y los viñedos se extienden en las pocas zonas secas.
  4. Es fácil encontrarse con distintos animales a lo largo de ese paisaje. Los toros camargueses abundan en las orillas, y se diferencian del toro español igual que el perro pulgoso callejero de un pastor alemán. Son más delgados y desastrados, y en lugar de tener los cuernos apuntando hacia adelante los tienen en forma de lira, o como los manillares de las bicis de paseo antiguas. En los espectáculos taurinos les acompañan los típicos caballos salvajes de la región, marrones o negros en la infancia pero blancos al crecer. Pero los animales más bonitos, sin duda, son los flamencos. Es precioso verlos volar a escasos centímetros del agua, dejando ver el rosa intenso y el negro que ocultan en la parte interior de sus alas.
  5. Pese a todas estas peculiaridades, lo que más me ha gustado es lo más vulgar y corriente, las casas. En general no tenían más de dos o tres pisos, y muchas veces parecían viejas, descuidadas y pobres. Pero eso tiene su encanto. Me gustaban las paredes de tonos ocres con la pintura desconchada por la humedad de las marismas. El contraste entre ese tono amarillo y el azul añil o el verde botella de las contraventanas de madera. Los farolillos de hierro oxidado que colgaban de las fachadas. La lavanda típica de la Provenza coloreando los balcones…

Y para que terminéis de completar vuestra imagen de la Camargue, aquí abajo tenéis las últimas pinceladas…

 

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