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Yo lo hago. No me fío de esos momentos que parecen idílicos. Esos en los que todo es exactamente como tiene que ser para que una ocasión cualquiera sea mágica. Y no sólo porque la perfección no existe. Eso en realidad no lo tengo claro. Pero sí sé que detrás de todo aquello que parece perfecto se esconde casi siempre una mentira o si se prefiere, una mentirijilla. Así que sí, una vez dicho eso supongo que tengo que admitirlo. La perfección no existe.

¿Y todo esto a qué viene? Pues a que este fin de semana en Barcelona creía haber vivido un momento genial y único, que al final ha resultado no ser tan perfecto. En fin, que sospecho que había algo de mentirijilla.

Paseando el viernes por la tarde por el carrer de la Cucurulla encontramos a dos músicos callejeros alucinantes. La verdad es que su talento es innegable. “Contratos millonarios para Bisbal y estos genios en la calle…”, dijimos. Y lo mantengo.

Eran dos chicos negros con rastas que tocaban con un par de guitarras destartaladas algunas de las mejores versiones de clásicos que he oído en mucho tiempo. Empezaron con “Hotel California” y ahí ya nos ganaron. Yo al menos no me movería mientras siguieran tocando. Y siguieron. Con “What’s up” de For non blondes, “Three little birds” y “No woman no cry” de Bob Marley, “Stand by me”, “Killing me softly”, algo de los Beatles etc. etc. etc. Y con cada canción yo me enamoraba más del dúo.

Al que llevaba las riendas del asunto la voz le salía sola. Su garganta parecía un grifo que se abre y del que casi sin esfuerzo mana una voz fuerte y limpia como un chorro de agua. “¡¡Abre la boca y le sale la voz!!”, decía Amaia. “Y toda la calle le oye sin necesidad de micrófono”, puntualizaba Iñaki igual de boquiabierto que el resto.

A todos nos salía esa media sonrisa que se dibuja en la cara cuando algo simplemente te encanta. Nadie quitaba los ojos a aquellos dos chicos. Porque su espectáculo era simplemente brillante. Y eso no se lo quita nadie, ojo. Son unos artistas con todas las letras.

Y lo único que nos dejó la sensación de vivir algo mágico no fue sólo el talento de esos chicos. Fue todo. El hombre con afán de protagonismo que se les une, pasa el brazo por encima del hombro de uno y les dice: “¡Viva Obama!”. Los niños que cuando van a echar dinero en la funda de la guitarra se quedan ahí mirando hasta que la baba les cuelga. El público que se amontona y aplaude y silba y deja incluso billetes en la funda ya repleta. Los guiris que se van parando y cantan todas y cada una de las canciones, haciendo que nuestras medias sonrisas vayan torciéndose aún más y que nuestros ojos incluso empiecen a brillar. Y sobre todo, el abuelillo vestido con un traje de rayas, sombrero de gángster y clavel rojo en el hojal que toca las palmas a la andaluza incluso con “No woman no cry”. El mismo que al final acaba marcándose unos pasos de baile con los que la media sonrisa se convierte ya en carcajada.

Y aquí viene el “pero” gordo… Porque después de pasar el fin de semana tarareando las canciones y con la media sonrisa cada vez que pensaba en ellos, después de lamentarme de que en Pamplona sólo haya acordeonistas que no saben tocar nada más que “Somewhere over the rainbow”, busco en Youtube y encuentro vídeos [1], [2], [3], [4], [5] en los que se ve exactamente lo mismo que vivimos. Abuelo tocando palmas incluido.

Lo fundamental de la magia era lo espontáneo y único que parecía todo. Y aunque la belleza del momento esté ahí y no la borre nadie, la magia se esfuma al pensar que puede haber algo preparado. Y bueno, les daré el beneficio de la duda. Puede que el abuelillo estuviera ahí todas esas veces por pura casualidad. Vale. Pero parte fundamental de la magia era también pensar que todo lo que hacía que ese momento fuera perfecto estaba ahí, en el mismo espacio y en el mismo tiempo, sólo por una vez. Como si los planetas se hubieran alineado para hacer coincidir a los músicos, los niños, el abuelo de las palmas y los guiris. Por eso, aunque no sepa si el espectáculo fue espontáneo o preparado, sé que no fue único, que los planetas estaban en su sitio.

Y pienso que la magia siempre se esfuma de todo momento idílico y de todo símbolo. Que detrás de toda perfección hay algo oscuro. Y me vienen a la cabeza Joe Rosenthal y su “Flag-raising on Iwo Jima”. La propaganda que se hizo con los soldados.


Robert Capa y el misterio sobre la foto de la Guerra Civil, ¿un montaje?


Eddie Adams y su frase años después de capturar el helador disparo de Nguyen Ngoc Loan:

 

“El general mató a un Vietcong con la pistola. Yo maté al general con mi cámara fotográfica. La fotografía es el arma más poderosa del mundo. La gente se las cree, pero las fotos mienten, incluso sin ser manipuladas. Sólo son medias verdades”

Lo que viene a confirmar que siempre hay que preguntarse por lo que no se ve. Para lo que es fundamental no fiarse de buenas a primeras. Así que lo dicho, desconfía de los símbolos, de las apariencias, y cómo no, de la perfección.

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