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Se llama Severn Suzuki y en 1992 pronunció ante la ONU un discurso que, como el de tantos otros que la precedieron, fue ejemplar. Palabras que como las de muchos grandes líderes, eran tan ciertas en el momento de decirlas como ahora. Un discurso que, como todos los grandes, es atemporal; y que como casi todos ellos… acaba quedando en agua de borrajas.

Se llama Severn Suzuki y la llaman “la niña que silenció al mundo por 6:32 minutos”. Ese temple que más quisiera yo para mí -que tengo que respirar hondo, muy hondo ya sólo para dar avisos en una clase de 70 personas- dejó sin habla a todos los representantes que la escucharon, sí. Pero está claro que el impacto a muchos no les duró mucho más de 10 minutos. Parece que con el paso del tiempo, las reflexiones que suscitó se escondieron en ese rincón que la memoria guarda para las verdades incómodas.

Por ese olvido, el rumbo de nuestras acciones no ha reflejado nuestras palabras, que al final han quedado vacías de sentido. Y mientras veía el vídeo no podía evitar imaginar que a ella le habría pasado lo mismo. Que la niña, hoy ya mujer, sería ahora directiva de una petrolera, por ejemplo. Pero no, Severn Suzuki ha vivido siendo coherente con lo que dijo, y por eso no se me ocurre mejor descripción que atribuirle que esta de Bertolt Brecht:

“Hay hombres que luchan un día
y son buenos,
hay otros que luchan un año
y son mejores,
hay quienes luchan muchos años
y son muy buenos,
pero hay los que luchan toda la vida,
esos son los imprescindibles”.
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